Aplicación de las herramientas sistémicas en el trabajo curricular.

José Antonio García Trabajo

Muchas veces, los docentes vivimos nuestra vida laboral como algo que es inamovible, algo que ya nos viene dado, imposible de cambiar; esto nos obliga a realizar tarea educativa con un gran esfuerzo. Sentimos que se nos demanda demasiado, que se crean unas expectativas excesivas sobre nosotros. Mantenemos el tipo como podemos, procurando evitar el fantasma del desánimo y de la depresión. En ocasiones es una lucha contra todo y contra todos, con la Dirección del centro, con más de uno de los compañeros, contra los padres, contra algún que otro alumno, y como no, con nosotros mismos. Y además, por encima de todo hemos de ser unos excelentes profesores. Ese esfuerzo tiene un coste, que en muchos casos, llega a afectar incluso a la salud. Muchos profesionales de la enseñanza se sienten sometidos a una gran presión social que le demanda resultados rápidos y eficaces, en un entorno de bajo reconocimiento y recursos limitados.

La consecuencia más frecuente derivada de esto es la desmotivación de los docentes, con ella se defienden ante el agotamiento y la impotencia para mejorar sus condiciones laborales y superar los resultados curso a curso.  ¿Qué podemos hacer?, ¿Cómo podemos cambiar esta realidad que para algunos es insostenible?

La Pedagogía Sistémica, se puede convertir en una eficaz herramienta para cambiar el punto de vista del profesor y, a la vez, permitirle conseguir un mayor bienestar en su trabajo. En España, desde enero del 2004, se vienen desarrollando experiencias educativas bajo el punto de vista, de la Pedagogía Sistémica.
El camino recorrido durante estos años y la experiencia acumulada, nos permiten afirmar que cuando enseñamos teniendo en cuenta las Leyes de la Pedagogía Sistémica, los conflictos en los centros educativos se solucionan más rápidamente, de un modo eficaz y sin traumatismos, y el bienestar profesional de los profesores mejora notablemente.

Podemos definir Pedagogía Sistémica, como el arte de enseñar desde nuestro lugar. Por lo tanto el orden es una de las leyes fundamentales. Para que un sistema funcione correctamente, es necesario que cada uno de los miembros que lo componen ocupe el lugar que le corresponde y realice las funciones para las que fue designado. Ese orden viene dado por las normas internas que rigen la vida de cada sistema. Pero en cada sistema rigen normas distintas. Dicho de otro modo, en mi sistema familiar hay unas normas que son diferentes del sistema familiar de usted que está leyendo este artículo. Por extensión, cada centro funciona con unas normas que son comunes a todos y por otras que les confieren esa peculiaridad que los diferencia de los demás. Además en cada centro confluyen múltiples familias que, a su vez también se organizan con reglas diversas, y cada profesor también se rige por normas específicas.

En Pedagogía sistémica, llamamos a esto conciencia. Por lo tanto hay tantas conciencias como grupos. Tantas conciencias como familias. En la Escuela coinciden muchas familias, las de los alumnos, las de los profesores, cada una con su conciencia que les dicta la manera de hacer. La conciencia es la manera de actuar de acuerdo a las normas establecidas por el grupo o el sistema al que pertenezco. Si actúo de acuerdo a estas normas, tendré “buena conciencia” y eso me dará el derecho a pertenecer al grupo. Si lo hago oponiéndome a ellas o estando en contra, me sentiré mal y me expondré a ser expulsado o sancionado por el grupo, entonces tendré “mala conciencia”. Por regla general, casi todos nuestros actos se realizan teniendo la sensación de buena conciencia. Pondré un ejemplo: Si en una familia, lo normal es que se robe para vivir, sus miembros robarán, y lo harán con buena conciencia, de este modo pertenecen a su grupo y es aceptado por él. Imaginemos que un alumno perteneciente a esa familia, roba unas tizas y un borrador porque tiene una pizarra en su casa y no la puede usar. Él está actuando con buena conciencia (de acuerdo a la conciencia de su sistema familiar), pero está rompiendo una norma básica del sistema en el que estudia (El Colegio), y por lo tanto, está entrando en conflicto con él. La solución desde el punto de vista de la Pedagogía Sistémica está en que los padres permitan que el hijo se adapte a las normas del centro escolar y le digan: “Está bien que, cuando estés en el colegio, acates sus normas”, “nosotros te querremos igual”, “sigues siendo nuestro hijo”. Y por su parte los profesores evitan juzgar a esa familia y permitan que lo hagan aquellos a quienes corresponde. Entonces, quizá le podamos preguntar a nuestro alumno: ¿de que otra manera puedes tener una tiza y un borrador sin tener que robarlo? Y con su respuesta estamos ayudando a que se pueda ampliar su conciencia abriéndole su campo a nuevas posibilidades.

La buena y la mala conciencia, son la fuente de muchos conflictos en los centros educativos. Actuar con buena conciencia no exime de la responsabilidad y las consecuencias de los actos que se realicen bajo ella. Pero si el maestro tiene en cuenta esto, queda librado de mucha carga y además le permite mirar más allá de los simples actos ampliando el campo visual, “ampliando su mirada”.

Cada familia tiene su conciencia, sus normas que no tienen porqué coincidir con las de los maestros, y lo que la experiencia nos dice es que los niños van a ser fieles a su sistema familiar y tenderán a actuar en el colegio con la conciencia de sus familias, porque para ellos los padres son primero que los maestros.
Esto cambia el punto de vista de los conflictos y se puede mirar a la solución de un modo mucho más eficaz.

Los maestros. A veces, pensamos que los actos de los alumnos se realizan contra nosotros. Por lo general no tienen nada que ver con nosotros, ni son hechos para fastidiarnos, son actos que se realizan bajo la buena conciencia del niño. Es bueno que el maestro mire con buenos ojos a los padres y asienta a que hay tantas formas de hacer las cosas con buena conciencia como familias en su centro. Así los padres se convierten en aliados y el trabajo educativo se hace muy liviano y agradable.

Otro asunto es el de las fidelidades invisibles. Los niños en ocasiones expresan en la escuela lo que ocurre en su familia, incluso puede que muestren sentimientos enquistados en sus padres frente a la escuela cuando ellos a su vez fueron niños. Estos los pueden mostrar con comportamientos violentos o con enfrentamientos con algunos de sus profesores. De este modo pueden estar diciendo inconscientemente: “papá yo soy como tú”, “yo lo hago como tú” y de este modo repiten historias parecidas sin saberlo.

Pondré un ejemplo. Una niña de sexto, trabajadora, simpática, buena estudiante, un mes antes de terminar su último curso en el colegio, tiene un enfrentamiento violento con una compañera. Al intervenir su tutor, se enfrenta a él insultándole gravemente, el cual se enfada con ella castigándola. Ni sus profesores, ni sus compañeros entienden lo que ha ocurrido, pero como el hecho es motivo de sanción grave, se llama a la familia. En la entrevista, el padre, muy enfadado porque piensa que se ha cometido una tremenda injusticia con su hija, se llega a mostrar violento y amenazante, por lo que el director del centro tiene que intervenir. Sabemos que mirando esta situación desde el punto de vista sistémico, la explicación no puede ser una crisis nerviosa o un enfado violento en la niña; tiene que haber algo más detrás de estos hechos, así que le preguntamos al padre: ¿ocurrió algo cuando usted terminó sus estudios de Primaria? El padre al escuchar la pregunta, sorprendentemente se calmó, y nos contó que había sido expulsado, que salió por la puerta de atrás porque durante los últimos meses había tenido muchos problemas y peleas con sus compañeros y enfrentamientos con los profesores, que tuvo que repetir curso en otro centro y que fue muy duro para él. No fue necesario mucho más, el profesor entendió inmediatamente lo que estaba ocurriendo y le dijo al padre que comprendía lo mal que lo debió pasar y lo difícil que fue para él, y que no iba a tomar ninguna acción sancionadora contra su hija porque ambos se merecían que ella terminara con normalidad sus estudios de Primaria. El comportamiento de la niña durante el mes restante volvió a ser como los anteriores y pudo terminar el curso con sus compañeros.

Lo que estaba ocurriendo es que, sin saberlo, la niña estaba mostrando un asunto que había quedado pendiente en la historia académica del padre. Al hacerlo la niña estaba diciendo, “papá, yo soy como tú”, “a mí también me van a expulsar”.
La solución fue que el colegio entablara lazos de colaboración con la familia para encontrar una solución. Así salió a la luz la dinámica que repetía la hija. Fue posible comprenderlo, tanto para el padre como para el colegio y de esa forma el enfado del padre desapareció y los profesores pudieron tomar una decisión apropiada que permitió que la niña se “graduara”.

Muchos de los conflictos escolares, se pueden solucionar incluyendo a los padres y a las familias en la escuela. En Pedagogía Sistémica tenemos múltiples ejerciciospara hacerlo. Uno, muy sencillo y tremendamente eficaz para los profesores, es imaginarnos  ese alumno inquieto, que interrumpe la marcha de la clase, con su padre y con su madre detrás. O diciéndole frases como ésta:”creo que tu padre se sentirá muy mal cuando le cuente esto que esta ocurriendo”, o con niños más pequeños: “tu mamá estará muy contenta si terminas tu ficha”.

En el trabajo en clase se puede incluir a las familias mostrando el orden usando, con un poco de imaginación, los recursos didácticos. Yo soy profesor de Educación Musical. Siempre había explicado la relación entre las figuras musicales, en el encerado, poniendo la redonda como primera por ser la que más duración tiene y a partir de ella hace las oportunas subdivisiones e ir deduciendo todas las demás. El orden era redonda, blanca, negra, corchea y semicorchea. Es cierto que al final, tras mucho “machacar” terminaban asimilando esa relación. Ahora lo hago de otro modo, lo curioso es que donde antes empleaba un gran gasto de tiempo y de energía, ahora se asimila rápidamente y hasta los más pequeños lo entienden. Para mostrárselo uso como representantes a los propios niños, elijo a uno que será la redonda, y le pregunto: ¿cuántos papás tienes? Ellos me miran con cara rara y contestan enseguida que dos, un papá y una mamá. Después elijo a un niño y a una niña para que los representen y los coloco detrás de la redonda: “estás son las Blancas, cada redonda siempre tiene dos blancas”. A continuación les pregunto  a cada una de las blancas cuántos papás tienen y obtengo la misma respuesta de cada una: dos. “Pues estas son las negras, vuestros abuelos”. Le pregunto a la redonda que cuántos abuelos tiene y sin dudarlo me dice que cuatro, “pues cada redonda tiene cuatro negras”. Suele ocurrir que los niños comienzan a contarme cosas de sus padres o de sus abuelos y aprovechamos para hacer un coloquio donde cada uno cuenta sus historias y todos escuchamos. El proceso con las corcheas y con las semicorcheas es similar. Al terminar el árbol es diferente; la redonda cuelga  de las blancas, las blancas de las negras, las negras de las corcheas y las corcheas de las semicorcheas. Como  todos los niños de la clase están participando del árbol, el ejercicio se convierte en algo significativo para ellos y con sentido. El resultado es que no se les suele olvidar la equivalencia y si eso ocurre basta con preguntas, ¿cuántos papás o abuelos bisabuelos o tatarabuelos tienes? Suelo pedirle a cada niño que haga de redonda y vea como se siente con todos detrás. Esa clase suele ser muy especial para ellos y a veces me piden que la repita.

De este modo estamos incluyendo a las familias, no sólo a los padres sino también a los abuelos, bisabuelos y tatarabuelos. No es necesario decir nada más, los niños saben que se les tiene en cuenta y el aprendizaje es mucho más divertido y eficaz, y yo consigo mi objetivo curricular.

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