Los límites: libertad amorosa en educación.

Entrevista con Angélica Olvera.

Cuando miro el título me produce contradicciones yo he vivido los límites como un obstáculo a mi libertad y casi siempre impuestos desde la autoridad o la represión… ¿Qué puedes decir al respecto? Déjame utilizar un ejemplo, una metáfora. Cuando conduces un automóvil en la vía pública o en la carretera, puedes detectar con facilidad una serie de señalamientos viales que indican cuáles son los límites de velocidad, cuáles son las medidas preventivas y precautorias que debes tomar; y finalmente cuáles son los límites de velocidad que la autoridad considera según el tipo de calle o avenida de que se trate, si existe alrededor una zona habitacional de dimensiones considerables, si hay una escuela cerca, etc. Además, sobre el asfalto, puedes mirar las líneas continuas o discontinuas que sirven para establecer los límites entre un carril de alta, media y baja velocidad.

Imagínate cómo sería el tránsito si estos límites no existieran. Es más, no tienes que imaginarlo. Hay carreteras donde en ocasiones, por falta de mantenimiento, los límites entre los carriles no son claros o se han borrado. ¿Cómo haces para mantener el automóvil en el carril? ¿Cómo puedes distinguir entre un carril y otro sin invadir? ¿Cómo es que la autoridad vial puede establecer una reclamación o una sanción puntual si los límites no son claros?

Este es un ejemplo inicial. Las personas miramos los límites y casi siempre los vivimos como un obstáculo –según la etapa de vida en la que nos encontremos-. El niño, desde su comprensión en la infancia, asume que lo dicho por sus padres está bien. En la medida en que va creciendo y se aproxima a la pubertad y a la adolescencia, comienza a cuestionar los limites y la misma transformación física que protagoniza lo hace experimentar la necesidad de ir más allá de ellos en la búsqueda, investiga qué puede existir más allá de esos límites, poniéndose en riesgo, estos se pueden relacionar con los límites de velocidad, con poner en riesgo la propia vida o desde lo académico cuando no se aprueba una asignatura durante varios periodos y se puede llevar a examen extraordainario o a perder el año. La diversidad de sensaciones dependerá del caso que se trate, pero lo cierto es que nadie le gusta ir conduciendo hacia un lugar desconocido, los límites hacen que podamos sentirnos seguros y dirigidos hacia algún “lugar”.

Claro está que, cuando los límites son expresados desde la represión, no sólo son vividos como experiencias desagradables. De hecho, la represión es una forma de instrumentar límites que por sí misma transgrede. Cuando se dan en la familia, llegan a expresarse incluso con violencia y lo que podemos mirar ahí es un amor ciego que no mira hacia el beneficio de los hijos o de la pareja.

Van  más allá de la comprensión inmediata de ese fenómeno, que se puede asentir a él y cuando el sistema lo permita dará la información o mostrará el para qué de esos límites, que generalmente será los límites para preservar algo mayor. En el caso de los pueblos, cuando un gobierno o las instituciones emplean la represión, ya no estaríamos hablando de límites. Es un problema distinto.

Los límites contienen y al hacerlo también dan forma, en este caso, al comportamiento del niño, del adolescente, de la pareja. De esa manera y en esa medida también se van construyendo los acuerdos que permiten que la familia tenga continuidad. Y en la escuela, los límites son una herramienta para cultivar la socialización del niño y del adolescente.
Los límites vistos como posibilidad de éxito, de vida, de continuidad, conducen hacia la libertad.

¿Cómo definirías un límite?

Los límites son una herramienta didáctica de enorme fuerza y poder. En el hogar, son establecidos por los padres y permiten que el niño continúe con su desarrollo de manera armónica pues de esa manera aprende la noción de la otredad y comienza a reconocer que existen otros sistemas sociales además de su familia nuclear. Primero, cuando reconoce la existencia de otros círculos familiares –las familias de los tíos y los abuelos-. Segundo, cuando comienza asistir a la escuela y descubre que ahí hay un conjunto de límites y medidas de contención que le permiten socializar, es decir, relacionarse, establecer vínculos con los demás y en esa forma enriquecer sus experiencias. Es así como vamos construyendo el aprendizaje. Social y el aprendizaje para la vida.

¿Cómo un límite puede marcar la diferencia?

Imagínate una mesa, plana, sin bordes. De pronto, llego y vacío una jarra de dos litros de agua sobre ella. ¿Qué pasa? Pasa que al no existir bordes, el agua se derrama hasta caer más allá de la mesa. No hay nada que la contenga. El agua se desparrama y la pierdes. Esta es una manera de ilustrar la diferencia.

  Al trabajar desde la Pedagogía Sistémica con el enfoque de Bert Hellinger, el trabajo de investigación y el trabajo empírico realizado con los estudiantes del Cudec en México, nos ha mostrado que los límites hacen una diferencia. El estudiante –niño, púber y adolescente-, reconoce un primer límite que es la existencia de la frontera entre su sistema familiar y el sistema escolar. Son entidades distintas, con actividades diferenciadas aún cuando comparten el propósito de educar y proteger a la vida. Luego de que ha hecho este reconocimiento y siempre con la autorización de los padres, la escuela va enseñando al chico que los límites son necesarios para establecer una dinámica consciente, armoniosa y orientada hacia la construcción de vínculos sanos y provechosos, así como relaciones duraderas de las cuales, como si fuera un andamio, echara mano para continuar con su formación y preparación para la siguiente etapa de vida.

¿Por qué el límite es tan asociado al miedo?

Mira, después de la Segunda Guerra Mundial, las naciones y pueblos del mundo, desde luego especialmente Europa, enfrentaron un dolor de profundidad enorme. Muchas de estas sociedades continuaron su desarrollo detrás de la cortina de hierro y otras bajo una dictadura, como el caso de España. En América Latina, las dictaduras también se hicieron presentes. Con ese escenario general, como macro contexto, es muy difícil mirar a los límites como algo provechoso. Más bien se moran como manifestaciones de la represión.

No obstante, en la intimidad del hogar, el padre y la madre de todas formas han venido enseñando a sus hijos a controlar los esfínteres, por ejemplo, para que puedan ir al baño sin mayor ayuda. Así mismo, de acuerdo con los valores que prevalecen en el hogar, el niño es enseñado a prodigarse auto cuidado, a cuidar a otros desde su sentido de la pertenencia, a mirar las jerarquías que hay en su sistema familiar reconociendo el papel del padre y la madre; y eventualmente va reconociendo la necesidad de mantener un equilibrio entre dar y  tomar. Es decir, los límites se pueden mirar desde la célula social de la familia porque orientan a la persona para que pueda insertarse en la vida y pueda cuidarla, protegerla y desarrollarla.

Reconocer y aplicar un límite físico puede ser más fácil, ¿Cómo podemos hacer con los emocionales?

Las emociones están ligadas a la dimensión física de las personas. El comportamiento, la conducta, son una expresión material de la conciencia y de la voluntad. Luego entonces, cuando nos referimos a las emociones, hablamos de un conjunto de expresiones físicas y químicas que ocurren en nuestro cuerpo y que podemos compartirlas con otros. Los límites también se pueden establecer en este campo y, de hecho, es donde más límites ponemos.

Por ejemplo, cuando abrimos nuestro corazón no lo hacemos para que entre toda la humanidad. Esto ni si quiera es posible. Primero tiene que entrar nuestra madre, nuestro padre y en esa medida ir aplicando los límites de nuestra capacidad afectiva.  Al reconocer que pertenecemos a una familia, nosotros mismos vamos aprendiendo a mirar cuáles son los límites, las fronteras y las distancias. El problema viene justo cuando no los hemos reconocido y tampoco hacemos nada para construirlos. Esto tarde o temprano va a traer inconvenientes a la hora de insertarnos en otros sistemas más complejos y amplios como son la escuela, el trabajo, etc.

¿Qué está sucediendo cuando la familia se mueve bajo la voluntad y deseo de un niño?

Aquí se nos presenta un amor ciego de parte de los padres. Hemos tenido la oportunidad de mirar a los famosos niños tiranos. Mira, te pongo un ejemplo, cuando mi madre nos mandaba a la iglesia, yo siempre me preguntaba ¿por qué mi mamá no iba a la iglesia? Entonces, con cierta arrogancia iba y lo cuestionaba y le decía “Mamá, ¿por qué nos obligas a ir a la iglesia si tu no vas?” y la respuesta de mi madre era contundente. “Porque en mi vida mando yo y porque en la vida de ustedes también mando yo y se van a la iglesia”.

¿Qué quiero decir con esto? No se trata de ser autoritario o represor, se trata de que como padre reconozcas el papel que tienes en la jerarquía familiar y la responsabilidad que esto conlleva. El niño tiene que tomar del padre y lo que toma es lo que se da. Cuando el padre no da límites, entonces el niño experimenta un diferencial de información que lo confunde y acaba por desestabilizar el sistema familiar. El niño acaba por controlar y ponerse en el lugar del padre. ¿Quién debe resolverlo? Pues el padre y la madre.

Cuando hablamos como padres y madres siempre se habla de poner límites a los niños y nos cuestionamos nuestros límites. ¿Cómo puedo poner un límite a un bebé?

Bueno, creo que nos cuestionamos nuestros propios límites. El problema es que no los miramos. Al dejar de mirarlos, difícilmente podemos operar en función de ellos. Pero los límites y las transgresiones no dejan de manifestarse y tarde o temprano, cada transgresión tiene implicaciones y traerá repercusiones.

Ahora, en cuanto al establecimiento de límites de los bebés, se ha escrito mucho al respecto. Lo que puedo comentarte, a propósito del trabajo que hemos desarrollado en Pedagogía Sistémica con el enfoque de Bert Hellinger, es que los límites se van desarrollando según las necesidades del bebé. Un padre tiene que dar a sus hijos lo que es necesidad, lo que necesitan, nada más. El bebé recién nacido necesita de todos los cuidados propios de la especie, nada más. Conforme va creciendo, en el primer año de vida, el bebé va reconociendo la existencia de límites a partir de lo que los padres dan: el horario para comer, el horario para dormir, el horario para cambiar el pañal, el horario para salir a tomar el sol, el horario para jugar. El niño toma lo que dan los padres y no al revés. Hablamos de hábitos. No es que el niño, como una intensión particular quiera gobernar a los padres. Antes bien, en muchos casos, los padres no asumen totalmente su papel de padres. Cada quien en su lugar para educar mejor.

¿Qué  quieres decir con libertad amorosa?

Los límites, como te decía, son una herramienta didáctica y por lo tanto enseñan. ¿Qué es lo que nos enseñan los límites? Nos enseñan a reconocer las fronteras entre los sistemas a los que pertenecemos, el lugar que nos corresponde en ellos y el papel que nos corresponde desempeñar desde el punto de vista jerárquico y, finalmente, nos enseñan a mantener un equilibrio transaccional entre tomar y dar.

La Pedagogía Sistémica con el enfoque de Bert Hellinger nos ayuda a reconocer que estos límites se establecen desde el amor. La libertad amorosa es una estructura que vamos construyendo juntos en la familia y en la escuela y es un equilibrio que se produce entre ambos sistemas. El docente no puede tomar el alumno si quiere o pretende ocupar el lugar del padre. Cuando esto sucede, el ejercicio de esa libertad que tiene el docente nos va a conducir tarde o temprano a una situación problema. Los docentes no son los padres de los alumnos. Asimismo, si los padres pretenden ocupar otro lugar, igualmente habrá implicaciones. Y por último, los hijos quieren ocupar el lugar de padres y docentes. Si esto sucede, se produce un desequilibrio que hay que reordenar.

En este marco, los límites permiten, como herramienta didáctica, reconocer que la libertad también es un acto de amor porque se reconoce la existencia de las diferencias, de los órdenes de pertenencia, jerarquía y equilibrio entre el dar y el tomar. ¿Para qué? Para estar al servicio de la vida, para enseñar al chico porqué es importante que aprenda a cuidar la vida – la suya y la de los demás- y que pueda reconocer los peligros que trae consigo el dejar de cuidarla ante el consumo de drogas, el ejercicio desprotegido de la sexualidad, el consumo de tabaco y otras sustancias como el alcohol, los trastornos alimentarios, etc.

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